viernes, 26 de junio de 2009
HACER LAS PACES
Lograr una tregua después de una batalla con un adolescente no es fácil. Qué tener en cuenta a la hora de reconciliarse.
A raíz de un conflicto -una insolencia o un permiso que se negó- parece que entre padre e hijo ha estallado una guerra nuclear o, a veces peor, un silencio sepulcral que dura ya semanas.La reconciliación se debe dar sobre dos premisas: que el rol de los padres no es ser el mejor amigo de su hijo, sino que es su deber rayarle la cancha y darle la estabilidad que necesita en su vida. Y que ambos -papá y mamá- han de actuar en estas materias como un equipo unido.Por eso, desde esa perspectiva, han de plantearse hacer las paces, lo que va a depender de:
Buena relación previa
La rapidez con que se asome la bandera blanca va a reflejar el tipo de relación que tienen padre e hijo. Si el progenitor ha ejercido su autoridad dándole al adolescente la sensación de que le ha ido otorgando ciertos poderes para que arme su vida, la reconciliación va a ser más fácil. Pero, si la relación ha sido autoritaria e inflexible, al joven le va a costar bajar la guardia. La tregua también depende de si se supo conversar con el hijo desde su infancia. A un adolescente que nadie oyó, le va a costar mucho hacer las paces.Según Andrea Cornejo, psicóloga de adolescentes, el padre que ha intentado conocer a su hijo y respetarlo como una persona con vida independiente e intereses distintos, cuando no le da un permiso o le pide que llegue más temprano de lo que llegan sus amigos, va a tener el respaldo de este vínculo. En cambio, el que le niega algo a un hijo que no conoce, le cuesta mucho reestablecer la convivencia porque el joven siente que ese NO fue dirigido a su personalidad completa.
Tolerar el enojo
Parte importante de hacer las paces es que los padres asuman que el hijo puede estar enojado porque no se le dio tal permiso o se le llamó la atención. Por una parte, no se puede ceder sólo para que el joven no se moleste ya que con eso se debilita la autoridad paterna. Y, por otra, no se le puede exigir al hijo que esté contento porque se le negó algo.Andrea Cornejo lo ejemplifica: “Tuve un paciente de 16 años que no quería ir al cumpleaños de su abuela, en que se iba a reunir toda la familia, porque era fuera de Santiago y él tenía una fiesta. Accedió a ir al cumpleaños y la mamá estaba preocupada de que fuera a estar con cara larga durante la reunión. Acordamos que le tolerara no andar contento porque estaba haciendo un sacrificio, siempre y cuando no fuera maleducado”.Tender puentes muchas veces significa aguantar que el hijo esté molesto, dentro de ciertos límites. Ese enojo no es una amenaza para la relación entre ambos, siempre y cuando el joven no caiga en la insolencia.
Saber pedir perdón, sin desautorizarse
A veces la tregua necesita que el padre pida perdón. Si por ejemplo, se dijo una frase hiriente, disculparse es lo primero. Explicarle al hijo que la forma en que se le habló fue inadecuada y pedirle perdón por eso, pero insistir en la posición que se tenía cuando se produjo el incidente.El disculparse convierte al padre en un ser humano accesible que comete errores y que busca enmendarlos. Para el adolescente es importante ver que su padre es flexible, que se equivoca y que puede reflexionar sobre eso.Además, tener claro que pedir perdón no va a ser tomado por el joven como un signo de debilidad de la autoridad paterna. “Muchos padres se jactan de que ellos nunca aceptan frente a sus hijos que se equivocan, pero con esto sólo logran distanciarse de ellos”, dice la psicóloga de adolescentes.Asimismo, si el hijo fue el que dijo una frase hiriente o fue abiertamente insolente también deberá pedir perdón. El padre tendrá una actitud comprensiva, pero que no es sinónimo de permisiva, pues el error igual será corregido una vez que haya pasado el temporal.
Autocontrol
“Vivir con un adolescente es demandante porque permanentemente están en un “déjame ser yo, pero no me dejes ser yo, afírmame como si fuera niño”, explica Andrea Cornejo. El joven quiere probar toda su autonomía, pero por otro lado, tiene momentos de gran dependencia. En este tira y afloja, es fundamental el autocontrol para no reaccionar mal.Sin embargo, a pesar de que se tenga muy claro lo del autodominio, si se tiene una reacción inapropiada la única manera de reestablecer la paz es pidiendo perdón. Luego, contarle al joven si hubo algo más que influyó en la pérdida del control, como por ejemplo, que la acción del hijo fue “la gota que rebalsó el vaso”.Si después de una reacción descontrolada el padre no habla con su hijo, se puede convertir en el modo sistemático de actuar. Sólo se fomentará la agresividad y las tensiones.
Seguridad de que se está haciendo lo correcto
Al momento de hacer las paces el padre debe demostrar que está seguro de la forma en que está actuando. Si dio la pelea por una de esas convicciones, no puede mostrarse inseguro al reconciliarse con un hijo. Querer volver a instaurar la paz en la casa no significa actuar como cómplice del adolescente, sino como una persona comprensiva, pero firme en sus principios.La base para esta seguridad es que se luche por lo que realmente importa para el desarrollo personal del joven. Si por ejemplo, el centro de las discusiones son la ropa o el largo del pelo de un hijo, no queda lugar para las convicciones.
LOS MOTIVOS DE MAYOR CONFLICTO
> Las salidas: Todo lo que es horarios y permisos se transforma en foco constante de negociación. Cada padre sabe cuál es su posición al respecto y tiene que explicarla con claridad.
> Las malas notas: Hay que indagar en el origen de éstas -¿flojera o dificultad objetiva?- y no enfurecerse con los resultados.
> La privacidad: El adolescente quiere que le respeten su metro cuadrado. Se encierra en su pieza y no quiere contar todo lo que le sucede. Al padre le cuesta aceptar este cambio, pero debe respetar su intimidad.
> La elección de los amigos: No se puede vetar a un amigo, sin conocerlo. Para esto es necesario tener una casa abierta para saber cómo son sus amigos.
> El estilo personal: El joven ya no se viste ni se peina según el gusto de sus padres. Necesita diferenciarse y encontrar su propia identidad.
¿En qué no se puede transar?
Carolina Dell Oro, profesora de filosofía de la Universidad Católica y consejera de la Sociedad de Instrucción Primaria responde: En la verdadera educación el tema no es transar con los hijos, sino que el gran desafío está en moverse por convicciones. Hoy se tiende a negociar con los niños, lo que es símbolo de una autoridad poco clara, la que genera un alto grado de incertidumbre.
Esto no significa que por ser autoridad los padres tengamos derecho a ejercer el autoritarismo. La verdadera autoridad consiste en acompañar y conducir a un hijo en su proceso de crecimiento para que éste llegue a ser lo que realmente tiene que ser.
Por esto, el problema de educar se centra en que nuestras decisiones cotidianas estén orientadas principalmente en verdades fundamentales acerca del hombre y no en las últimas estadísticas o teorías educativas. En la medida en que los padres tengamos claro qué le hace bien o mal a nuestros hijos para su desarrollo personal, sabremos lo que es realmente importante. Así, se dejarán pasar algunas cosas y otras no, pero no es que se negocie.
QUÉ Y CÓMO HABLAR CON UN ADOLESCENTE
Los conflictos se pueden evitar si hay una buena comunicación con el hijo.
Cómo:
- Escuchar, más que sermonear o aconsejar.
- No descalificar ni caer en gritos. La falta de control de la adolescencia pide, precisamente, el dominio de los padres.
- Respetarlo. Su hijo notará una incoherencia cuando se le pide que respete a los mayores y ve que no se toman en cuenta sus opiniones.
- Dar el primer paso para entablar una conversación. A raíz de un tema que a él le interese -el resultado de un partido o el nuevo programa de televisión- se puede luego profundizar.
Qué:
- La historia de sus padres. Aunque el adolescente no lo reconozca, está ávido de saber más sobre la ida de sus padres, sus juicios y convicciones, sus errores y éxitos.
- Sus temas de interés son un buen punto de partida para temas más abstractos. Hablando de su ídolo, puede conversar sobre sus ideales o su propia vocación.
- Casos concretos que lleven a una sana discusión en que se obligue a pensar y contestarse.
A raíz de un conflicto -una insolencia o un permiso que se negó- parece que entre padre e hijo ha estallado una guerra nuclear o, a veces peor, un silencio sepulcral que dura ya semanas.La reconciliación se debe dar sobre dos premisas: que el rol de los padres no es ser el mejor amigo de su hijo, sino que es su deber rayarle la cancha y darle la estabilidad que necesita en su vida. Y que ambos -papá y mamá- han de actuar en estas materias como un equipo unido.Por eso, desde esa perspectiva, han de plantearse hacer las paces, lo que va a depender de:
Buena relación previa
La rapidez con que se asome la bandera blanca va a reflejar el tipo de relación que tienen padre e hijo. Si el progenitor ha ejercido su autoridad dándole al adolescente la sensación de que le ha ido otorgando ciertos poderes para que arme su vida, la reconciliación va a ser más fácil. Pero, si la relación ha sido autoritaria e inflexible, al joven le va a costar bajar la guardia. La tregua también depende de si se supo conversar con el hijo desde su infancia. A un adolescente que nadie oyó, le va a costar mucho hacer las paces.Según Andrea Cornejo, psicóloga de adolescentes, el padre que ha intentado conocer a su hijo y respetarlo como una persona con vida independiente e intereses distintos, cuando no le da un permiso o le pide que llegue más temprano de lo que llegan sus amigos, va a tener el respaldo de este vínculo. En cambio, el que le niega algo a un hijo que no conoce, le cuesta mucho reestablecer la convivencia porque el joven siente que ese NO fue dirigido a su personalidad completa.
Tolerar el enojo
Parte importante de hacer las paces es que los padres asuman que el hijo puede estar enojado porque no se le dio tal permiso o se le llamó la atención. Por una parte, no se puede ceder sólo para que el joven no se moleste ya que con eso se debilita la autoridad paterna. Y, por otra, no se le puede exigir al hijo que esté contento porque se le negó algo.Andrea Cornejo lo ejemplifica: “Tuve un paciente de 16 años que no quería ir al cumpleaños de su abuela, en que se iba a reunir toda la familia, porque era fuera de Santiago y él tenía una fiesta. Accedió a ir al cumpleaños y la mamá estaba preocupada de que fuera a estar con cara larga durante la reunión. Acordamos que le tolerara no andar contento porque estaba haciendo un sacrificio, siempre y cuando no fuera maleducado”.Tender puentes muchas veces significa aguantar que el hijo esté molesto, dentro de ciertos límites. Ese enojo no es una amenaza para la relación entre ambos, siempre y cuando el joven no caiga en la insolencia.
Saber pedir perdón, sin desautorizarse
A veces la tregua necesita que el padre pida perdón. Si por ejemplo, se dijo una frase hiriente, disculparse es lo primero. Explicarle al hijo que la forma en que se le habló fue inadecuada y pedirle perdón por eso, pero insistir en la posición que se tenía cuando se produjo el incidente.El disculparse convierte al padre en un ser humano accesible que comete errores y que busca enmendarlos. Para el adolescente es importante ver que su padre es flexible, que se equivoca y que puede reflexionar sobre eso.Además, tener claro que pedir perdón no va a ser tomado por el joven como un signo de debilidad de la autoridad paterna. “Muchos padres se jactan de que ellos nunca aceptan frente a sus hijos que se equivocan, pero con esto sólo logran distanciarse de ellos”, dice la psicóloga de adolescentes.Asimismo, si el hijo fue el que dijo una frase hiriente o fue abiertamente insolente también deberá pedir perdón. El padre tendrá una actitud comprensiva, pero que no es sinónimo de permisiva, pues el error igual será corregido una vez que haya pasado el temporal.
Autocontrol
“Vivir con un adolescente es demandante porque permanentemente están en un “déjame ser yo, pero no me dejes ser yo, afírmame como si fuera niño”, explica Andrea Cornejo. El joven quiere probar toda su autonomía, pero por otro lado, tiene momentos de gran dependencia. En este tira y afloja, es fundamental el autocontrol para no reaccionar mal.Sin embargo, a pesar de que se tenga muy claro lo del autodominio, si se tiene una reacción inapropiada la única manera de reestablecer la paz es pidiendo perdón. Luego, contarle al joven si hubo algo más que influyó en la pérdida del control, como por ejemplo, que la acción del hijo fue “la gota que rebalsó el vaso”.Si después de una reacción descontrolada el padre no habla con su hijo, se puede convertir en el modo sistemático de actuar. Sólo se fomentará la agresividad y las tensiones.
Seguridad de que se está haciendo lo correcto
Al momento de hacer las paces el padre debe demostrar que está seguro de la forma en que está actuando. Si dio la pelea por una de esas convicciones, no puede mostrarse inseguro al reconciliarse con un hijo. Querer volver a instaurar la paz en la casa no significa actuar como cómplice del adolescente, sino como una persona comprensiva, pero firme en sus principios.La base para esta seguridad es que se luche por lo que realmente importa para el desarrollo personal del joven. Si por ejemplo, el centro de las discusiones son la ropa o el largo del pelo de un hijo, no queda lugar para las convicciones.
LOS MOTIVOS DE MAYOR CONFLICTO
> Las salidas: Todo lo que es horarios y permisos se transforma en foco constante de negociación. Cada padre sabe cuál es su posición al respecto y tiene que explicarla con claridad.
> Las malas notas: Hay que indagar en el origen de éstas -¿flojera o dificultad objetiva?- y no enfurecerse con los resultados.
> La privacidad: El adolescente quiere que le respeten su metro cuadrado. Se encierra en su pieza y no quiere contar todo lo que le sucede. Al padre le cuesta aceptar este cambio, pero debe respetar su intimidad.
> La elección de los amigos: No se puede vetar a un amigo, sin conocerlo. Para esto es necesario tener una casa abierta para saber cómo son sus amigos.
> El estilo personal: El joven ya no se viste ni se peina según el gusto de sus padres. Necesita diferenciarse y encontrar su propia identidad.
¿En qué no se puede transar?
Carolina Dell Oro, profesora de filosofía de la Universidad Católica y consejera de la Sociedad de Instrucción Primaria responde: En la verdadera educación el tema no es transar con los hijos, sino que el gran desafío está en moverse por convicciones. Hoy se tiende a negociar con los niños, lo que es símbolo de una autoridad poco clara, la que genera un alto grado de incertidumbre.
Esto no significa que por ser autoridad los padres tengamos derecho a ejercer el autoritarismo. La verdadera autoridad consiste en acompañar y conducir a un hijo en su proceso de crecimiento para que éste llegue a ser lo que realmente tiene que ser.
Por esto, el problema de educar se centra en que nuestras decisiones cotidianas estén orientadas principalmente en verdades fundamentales acerca del hombre y no en las últimas estadísticas o teorías educativas. En la medida en que los padres tengamos claro qué le hace bien o mal a nuestros hijos para su desarrollo personal, sabremos lo que es realmente importante. Así, se dejarán pasar algunas cosas y otras no, pero no es que se negocie.
QUÉ Y CÓMO HABLAR CON UN ADOLESCENTE
Los conflictos se pueden evitar si hay una buena comunicación con el hijo.
Cómo:
- Escuchar, más que sermonear o aconsejar.
- No descalificar ni caer en gritos. La falta de control de la adolescencia pide, precisamente, el dominio de los padres.
- Respetarlo. Su hijo notará una incoherencia cuando se le pide que respete a los mayores y ve que no se toman en cuenta sus opiniones.
- Dar el primer paso para entablar una conversación. A raíz de un tema que a él le interese -el resultado de un partido o el nuevo programa de televisión- se puede luego profundizar.
Qué:
- La historia de sus padres. Aunque el adolescente no lo reconozca, está ávido de saber más sobre la ida de sus padres, sus juicios y convicciones, sus errores y éxitos.
- Sus temas de interés son un buen punto de partida para temas más abstractos. Hablando de su ídolo, puede conversar sobre sus ideales o su propia vocación.
- Casos concretos que lleven a una sana discusión en que se obligue a pensar y contestarse.
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