El idealismo, la creatividad y el coraje que tienen los adolescentes son la materia prima perfecta para emprender proyectos y forjar ideales altos. Los padres deben ayudarlos a encauzar hacia allá esta energía.
Es común escuchar a padres de adolescentes decir que no saben qué hacer para que sus hijos despierten, pues andan como zombies lateados por la vida.
Pero quien se dé el trabajo de observar a un adolescente, por ejemplo, mientras éste ve las noticias, encontrará muchas sorpresas y luces. Expresiones de rabia, descontento y decepción irán pasando por su cara a medida que ve historias de pobreza, injusticia y dolor. Esto se observaría en la mayoría de los jóvenes, pues la incomodidad apasionada con lo establecido y el deseo de corregirlo es una de las características de la adolescencia. Tiene que ver con el marcado egocentrismo de la edad, básico para el moldeo de la propia identidad. Pero lo que pasa después de que se acaban las noticias difiere mucho de un joven a otro. Unos seguirán sus vidas como si nada, otros quedarán llenos de resentimientos y un grupo, en cambio, decidirá hacer algo al respecto.
No hacer por hacer
En esta determinación por no quedarse de brazos cruzados, los padres son vitales, pues ellos pueden ayudar al joven a canalizar sus inquietudes y a concretar planes realistas. Para hacerlo bien, lo primero que deben tener claro es que no hay proyectos mejores que otros: un joven optará por formar un grupo para ir a armar mediaguas y otro se propondrá no pelear con el hermano chico.
Por eso, para poder realmente motivar a un hijo, es necesario conocerlo muy bien, saber qué le preocupa, qué lo hace llorar o reír. También cuáles son sus habilidades y sus puntos débiles. Luego, intentar conversar con él, pero no de manera formal o cuando los papás quieran. “Sólo así se llega a la meta, que no es hacer, sino ser. Los papás a veces se obsesionan con que los adolescentes hagan muchas actividades para que no estén viendo televisión, pero ¿esas acciones tienen un sentido, están llevándolo a ser quien verdaderamente es?”, reflexiona la filósofa Solange Favereau, profesora del Colegio Santa Úrsula.
En este sentido, recalca que es fundamental que los padres eduquen por ideales y no por objetivos. Porque los objetivos se cumplen y se desvanecen, en cambio los ideales se siembran en el corazón de cada hijo y son un motor que siempre llevará a una mayor perfección.
Darles libertad y confianza
“Cuando a un adolescente le confías algo tal vez no cumpla a la velocidad que uno quisiera, pero nunca te decepciona”, dice Mónica Ruiz Tagle, docente de la Escuela de Pedagogía de la U. de los Andes. Con la experiencia de más de tres décadas en colegios, agrega: “Hay un gran error de los papás. Sus hijos ven cómo a medida que se acerca la adolescencia empiezan a aterrarse y sólo esperan a que se les pase lo adolescentes”.
Muchas veces estos mismos papás han sido sobreprotectores: por un cariño mal entendido no han dejado que el hijo sufra las consecuencias de sus equivocaciones y han hecho de puente para que nunca se caiga. Luego, cuando el niño crece, se sorprenden de que sea poco proactivo e inseguro.
Capaces de mucho más
Entonces, dejar de ver a los adolescentes como unos seres limitados y esclavos de las hormonas, es un desafío clave. Son nobles, llenos de ideales, leales con los amigos, luchadores por sus causas, capaces de desgastarse por lo que creen correcto y con una energía física ideal.
Sí, es cierto que experimentan altibajos y que lo que un día los entusiasmó, al otro puede no moverles ni una fibra. Ahí los padres deben actuar como estabilizadores: dejarles un libro motivante en el velador, ofrecerles llevarlos a fútbol o la reunión que tengan.
Darles responsabilidades dentro de la casa también funciona, ya que deben cumplirlas independiente de su estado de ánimo. Pero respetar algunos espacios es necesario. “Cuando está “perdiendo el tiempo” tirado en su cama, en realidad está reflexionando. Y hoy, con tanto ruido exterior, más fuerte debe ser el mundo interior”, advierte Solange Favereau.
Otra manera en que los padres pueden ayudar a los jóvenes a saber lo capaces que son, es hacerlos participar afectivamente en la familia, pedirles su opinión. También tener ritmos en la casa que acojan al adolescente.
Por ejemplo, si él tiene deporte el sábado en la mañana preguntarle si no apoyaría correr la hora de almuerzo para más tarde y así él alcance a llegar. Aunque los padres crean que el adolescente no necesita a la familia ni se interesa por ella: deben saber que esta indiferencia es una careta y que guarda en su corazón cada gesto de amor.Por eso mismo, el testimonio viviente que pueden ser los papás es de las mejores formas de alentar al adolescente. Si él ve que son sacrificados, que están pendientes las necesidades de los demás, que leen o hacen deporte, que no se quejan, que cumplen con sus responsabilidades aunque estén cansados y que viven contentos, sin duda seguirá ese ideal.
Hay que mostrarles a los jóvenes que nada de lo que tienen es su derecho. La familia y la educación son regalos que deben cuidar y llenar de sentido.
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