sábado, 28 de febrero de 2009

EL PROFESOR JEFE


El profesor que dirige un curso tiene en sus manos un rol extremadamente estratégico e importante. Su labor exige un alto nivel de reflexión y un despliegue de acciones que sean efectivas para mejorar tanto el rendimiento académico de los alumnos como la disciplina y el compañerismo.

Dirigir el proceso educativo de sus alumnos es la gran responsabilidad del profesor jefe. Él es el coordinador, orientador y “abogado” de su curso. Incluso en educación media su peso puede ser aún mayor, pues a vista de los adolescentes, el rol de la familia innegablemente decrece y es la escuela la que toma para ellos un lugar protagónico. Por lo mismo, el profesor jefe puede ser muy efectivo, no sólo en instruir a los alumnos, sino que también en formarlos. Es decir, el ideal es que vele por un buen puntaje en la PSU, pero también porque sus alumnos sean autónomos, seguros de sí mismos, con pensamiento crítico… buenas personas. Todo aquello también es parte de la educación.
Sin embargo, según María Alicia Halcartegaray, psicóloga clínica UC a cargo del diplomado para la gestión del profesor jefe de la misma universidad, actualmente los profesores no alcanzan a tener esa mirada, en su formación inicial no han sido preparados para ello y su rol es un vacío que es necesario abordar.
Un buen profesor debe darse tiempo para conversar personalmente con cada alumno y para pedir información a los demás profesores de asignatura, en especial a aquellos en que sus alumnos fracasan en su ramo.

Las aristas de una gran labor
Son muchos los frentes de los cuales es responsable el profesor jefe. Es por ello que conocerlos bien y tener claros los objetivos finales le permitirán actuar y lograr lo mejor para sus alumnos. Eso sí, esto requiere una constante formación y un alto y continuo nivel de reflexión.

El profesor jefe vela por:
- El rendimiento:
> Para ello debe conocer los talentos específicos de cada alumno y sus dificultades.
> También es clave que al momento de enseñar hable claro y explique concretamente los procedimientos de cada actividad. Sólo así favorecerá la organización y reflexión de los alumnos. Por ejemplo, si la idea es hacer un trabajo en grupo, antes debe enseñar cuál es la mejor manera de hacerlo y dar los lineamientos para que se realice bien. Si no lo hace, es probable que la actividad no funcione, se genere desorden y un aparente problema de disciplina que se debe más bien a la falta de claridad en las instrucciones.
> Además es importante que coordine las exigencias del resto de los profesores y modifique los horarios si ve que en una jornada hay acumulación de ramos “cansadores”.
> Finalmente, debe ocuparse especialmente por los alumnos que más les cuesta y hacer un seguimiento y un plan de ayuda continua, junto a los profesores de las otras asignaturas, que realmente genere cambios.
Para esto hay actitudes muy concretas y sencillas que pueden ayudar. Por ejemplo, al entregar una prueba, el profesor puede felicitar no sólo a quienes tienen buena nota -que por lo demás es probable que sean siempre los mismos-, sino que también podría destacar el logro de quienes subieron de un tres a un cuatro. Con estas pequeñas actitudes rompe el esquema esperado y el niño puede sentirse alentado para seguir mejorando.
“Actualmente el profesor jefe, si bien busca el progreso de sus alumnos, no lo hace significativa y concretamente”, explica María Alicia Halcartegaray.

- La disciplina
> El profesor jefe es clave en la formación de hábitos como el orden, la puntualidad y el respeto. En esto no puede bajar la guardia. Su intencionalidad educadora debe mantenerla siempre viva. Sólo con constancia, paciencia y buen humor se forman estos buenos hábitos. Además, según María Alicia Halcartegaray, es fundamental la creación de un marco disciplinario que fomente en los alumnos la autonomía y la responsabilidad.
“Los profesores y adultos en general tenemos la tendencia natural a dar filípica, a educar a través del discurso. Sin embargo, para los adolescentes, los discursos resultan ‘terroríficos’ y poco efectivos, pues es probable que sigan actuando exactamente igual”, explica la experta.
> Aquí, la clave es que el profesor aprenda a mediar. Esto consiste fundamentalmente, por ejemplo, que ante un acto mal hecho el profesor pregunte al alumno qué pasó, por qué actuó de esa determinada manera, qué buscaba, cómo podría haberlo hecho mejor. Así, se crea una red nueva que permite ver cuál es el proceso que lo llevó a hacer lo que hizo y plantear la manera de cambiar la actitud. “Es una disciplina formativa que tiene que ver con crear en los niños un software para que ellos sean capaces de ser autónomos, pues se les ha dado el tiempo para que entiendan las consecuencias de sus actos mal hechos”, dice María Alicia.Si por el contrario, el acto mal hecho siempre se sanciona con el mismo castigo, no hay razonamiento en torno a él, no hay intentos por cambiar la actitud y es probable que vuelva a hacerlo. Este es el ritual disciplinario donde finalmente el profesor aprende a convivir con la falta, con la mala nota y no hace nada por cambiarlo. Se acostumbra.
> Otra clave es que el profesor se preocupe por ejercer lo que se ha llamado la exigencia preventiva, que consiste en asegurarse que el alumno conozca las normas de orden y disciplina con anticipación y no darlas una vez que haya hecho algo incorrecto.
> Por último, es importante no perder de vista que todo tiempo destinado a inculcar disciplina o controlar rutinas como mantener la sala en orden, no son una pérdida de tiempo, sino por el contrario, un tiempo que vale oro.

- Las relaciones entre alumnos
> Hoy es común ver entre los alumnos un profundo individualismo. “En general, funcionan por separado y sólo en su propio beneficio”, explica María Alicia. “Por ejemplo, se oye mucho decir: ‘profesora, estoy conversando porque ya terminé el trabajo’. Esto demuestra que no es capaz de visualizar que quienes lo rodean pueden no haber terminado y necesitan de su silencio. Entonces, como primera medida, el profesor jefe debe hacer un esfuerzo por intencionar la construcción de comunidad, de manera que los alumnos se sientan parte activa, participativa y responsable de ella.
“Si tuviéramos niños que durante 14 años viven en comunidades amables, que fomentan el cuidado entre ellos, que saben que juntos logran metas, que se acostumbran a la colaboración mutua, sin duda tendríamos una sociedad más amable y colaboradora”, concluye María Alicia.
> Por lo mismo, el profesor jefe debe estar pendiente de ver quién está siendo marginado, conocer y mover a los líderes positivos, así como identificar, orientar y rescatar a los líderes negativos: en definitiva, fomentar el compañerismo.
> Y como todo funciona mucho mejor cuando el profesor es un ejemplo, hay pequeñas actitudes que él puede hacer para demostrar amabilidad y compañerismo. Por ejemplo, al pasar la lista debe llamar a los alumnos por su nombre y no por el apellido solamente, o si ve que un alumno falta por más de dos días, podrá llamar a su casa para saber qué le ocurre. El profesor jefe es el coordinador, orientador y “abogado” de su curso.

“Los profesores debemos darnos cuenta que la forma en que actuamos muchas veces es la que genera los problemas por los que nos quejamos.” María Alicia Halcartegaray.

OTROS FRENTES
Relación con los apoderados
El profesor debe ser claro en explicar a los padres qué espera de ellos. Debe aprender a gestionar esta relación para que efectivamente sea de colaboración. No la puede dar por hecha, sino que debe explícitamente aclarar, crear y articular la manera cómo los padres deben actuar. Lo primero que detectan éstos en una entrevista es si el profesor tiene un interés real por su hijo, si lo conoce bien.
Relación con dirección
- Debe tener una lealtad plena con la dirección del colegio y con los demás profesores.
- Es importante que informe periódicamente del rendimiento, disciplina y actitud de su curso. No sólo información general, sino específica de los alumnos que más le preocupan.
- Informa también de las entrevistas con los padres, los acuerdos tomados y seguimiento de esos acuerdos.

En síntesis
Un buen profesor jefe:
> Vela por el rendimiento de los alumnos. Es claro en enseñar procedimientos.
> Se preocupa activamente de generar cambios reales en la disciplina, dando las herramientas para formar niños autónomos y responsables.
> Enseña a sus alumnos a convivir en grupo. Les inculca la idea de preocuparse por el bienestar personal y también por el de sus compañeros.
> Ejerce la autoridad de una manera reflexiva y pacífica.

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